Cuando el corazón recuerda
Érase una vez una ninfa de las flores que eligió el cáliz rojo intenso de una amarilis silvestre como su morada. Esta planta era la única de su especie en kilómetros a la redonda y crecía con valentía entre suaves colinas verdes, bajo un antiguo y sabio pino. A lo lejos, la ninfa podía oír el rugido del salvaje océano Pacífico. La vista desde allí, de la costa de Eldoria, la tierra de oro, era de una belleza sobrecogedora. Según la luz, el océano mostraba colores siempre cambiantes: a veces un azul verdoso brillante, luego un gris terroso tras las fuertes lluvias, y un azul celeste bajo el sol.
Los pequeños cálices rojos de la amarilis silvestre eran un lugar verdaderamente majestuoso para la ninfa, que era feliz viviendo allí. Su destino era ser descubierta algún día por un viajero estelar cuyo corazón recordaría que era, es y siempre será amor eterno.
Un ser que comprendía el lenguaje etéreo de las piedras, las flores, los árboles y la tierra, porque lo llevaba en su propio corazón.
Lo que para los humanos parecían siglos, para la ninfa de las flores eran incontables ciclos de floración. La amarilis florecía y se marchitaba una y otra vez. La ninfa conocía los ciclos por los que pasaba la humanidad. Había tiempos de ascensión y tiempos de olvido. Pero sabía que solo al tocar fondo, encontraría el buscador el camino hacia ella.
Aquel viajero estelar al que un día contemplaría había recorrido un largo camino. Su sendero estaba pavimentado con piedras de basalto gris negruzco. Había atravesado y soportado muchos valles oscuros y fríos. Había conquistado altas cumbres nevadas.
Durante muchos años, este ser había vagado solo por el árido desierto, siempre sostenido por la profunda certeza de que un día llegaría para sentir la delicada belleza de la Ninfa de las Flores con su corazón despierto.
Finalmente, llegó el momento.
Un Viajero Estelar se acercó al lugar donde crecían las amarilis. La Madre Tierra tembló de alegría. La Ninfa de las Flores percibió su vibración y envió su radiante mensaje al universo. Inmensas olas de luz se extendieron, penetrando e inundando toda la existencia.
De un día para otro, numerosas amarilis florecieron bajo el antiguo pino. La Ninfa de las Flores danzaba alegremente de flor en flor, pues sabía que muchos seres de su especie se unirían a ella.
Finalmente, había llegado el punto de inflexión.
El corazón del Viajero Estelar, despierto a la luz, se convirtió en un faro resplandeciente, guiando a otros a través de su propia esencia. El Viajero Estelar guardaba un secreto: a cada segundo, regresaba a la isla de su corazón —el templo de su ser— y se conectaba con su respiración. Esta práctica permitía que la luz diamantina que era, alcanzara mucho más allá del horizonte terrenal. Era capaz de estar verdaderamente en el Ahora. Cada proyección que alguna vez nació de incesantes corrientes de pensamiento se secó en el manantial del Ahora.
Nadie podía influir en estos faros de luz. Con cada latido, se volvían más brillantes y poderosos. La Ninfa de las Flores había observado su llegada con suma atención y se había regocijado al contemplar su cuerpo de energía resplandeciente.
El conmovedor canto de la Ninfa de la Flores ahora, para siempre, impregnaba todas las dimensiones y galaxias.
