Un recuerdo de mi origen me llena, mientras mi naturaleza acuática se condensa en una gota y flota sobre una hoja.
Nacidos de una nube, muchos de los míos me acompañan en mi descenso. Allí, los hijos de las nubes nos fusionamos con el reino natural para nutrir a las plantas, los animales y los seres terrestres con nuestro propio ser.
Caemos suavemente sobre vastas extensiones, convirtiéndonos en lagos, haciendo que los ríos y el nivel del mar crezcan. Juntos, como un elemento suave y primario, somos infinitamente poderosos.
Para ti, ser de tierra y agua, mi forma de gota en la hoja parece separada de mis hermanos nubes.
Solo ves la gota de agua y no el elemento primario del agua, del cual también se compone predominantemente tu caparazón mortal.
Con tu nacimiento, perdiste la sensación de conexión con el campo primordial.
La engañosa sensación de separación se disuelve en el momento en que respiras conscientemente. Tu cuerpo y tu mente se funden en el flujo de tu respiración.
Parece que la gota tarda una eternidad en ahuecar la supuesta piedra dura de los viejos patrones de pensamiento. Soy un ser maravilloso, un ser que cambia de forma: el copo de nieve, el granizo, la niebla y el rocío son mis compañeros acuáticos. Con el calor, me evaporo; con el frío, me condeno en cristales de hielo o rocío; como una gota de lluvia, encuentro el camino de regreso al núcleo de la tierra.
Entra en el ciclo del ser eterno, así como tu cuerpo regresa a la tierra y tu espíritu regresa al suelo primordial.
Por ahora, viajo a un manantial para posarme como una gota sabia en tu taza de té y recordarte con cada sorbo el milagro que es ser un ser vivo.
Mi sabiduría acuática fluye en ti por sí sola.
El conocimiento de tu profunda conexión con el océano del ser despierta en tu corazón.
Recuerdas el ciclo de todo ser, al que perteneces como alma, y una sonrisa florece en tus labios.
En el silencio entre dos respiraciones, recuerdas mi mensaje en tu taza de té.
Una gota de lluvia.
